
Polaco, idioma. No se puede racionalizar el amor por el idioma como no se puede racionalizar el amor por la madre. De todos modos, seguramente son una misma cosa, porque no en balde existe la expresión "lengua materna". La mayor parte de mi vida transcurrió fuera de Polonia, basta con hacer cuentas: los años de niñez en Rusia, después Francia y los Estados Unidos. Al contrario que aquellas personas cuyo polaco comienza a hacerse vacilante después de diez, de quince años de vivir fuera del país, yo no tuve nunca dudas. Siempre me he sentido seguro en mi idioma, y creo que ésta es la razón por la que escribí sólo en él, poemas y prosa, también por orgullo, y porque en mi oído sólo resuenan los ritmos del polaco y sin ellos no tendría la seguridad de que lo que hago es bueno.
Los recuerdos de mis primeros intentos de empezar a leer son vagos. Seguramente fue mi madre quien me enseñó en Szetejnie, en la primavera de 1918. En cambio, me acuerdo de una mesa de jardín (¿redonda?) en un emparrado sombrío de lilas y espireas, donde bajo la mirada de mi madre, ponía mis primeros garabatos. Le costaba mucho esfuerzo atraparme en el jardín, porque no soportaba aprender a escribir: me escabullía, lloraba y gritaba que no quería estudiar. ¿Qué hubiera ocurrido si alguien me hubiera dicho entonces que iba a ser un escritor porfesional? No sabía que algo así fuese posible.
Czeslaw Milosz (Lituania-Polonia, 1911-2004, Abecedario: diccionario de una vida. Madrid. Ediciones Turner S.A. 2003.

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